Por:
Yoselem G. Divincenzo
Cuando
llegamos a madurar es cuando nos damos cuenta de que en este mundo no somos tan
inútiles como una bocina de avión; y es ahí cuando empezamos a juzgar a otros
sobres sus vestimentas, comportamientos, etc.; en vez de tratar de mejorarnos a
nosotros mismos nos vamos contra las personas que tenemos alrededor, y es
también doloroso cuando esas personas son nuestros propios familiares.
Es
hora de enfrentar el mundo con madurez, con la madurez de haber vivido una
juventud, pero no olvidarla; no dejemos que nuestros nuevos pensamientos
“maduros” nos formen una coraza de repudio a lo que nosotros mismos fuimos:
“adolescentes”. Seamos maduros con la ternura de un niño, las ganas, fuerza y
sinceridad de un adolescente y no dejemos que los prejuicios sociales ya
estipulados por generaciones anteriores entren en nuestra mente y vida; que no
nos convirtamos en ese “personaje” que cuando éramos jóvenes tanto repudiamos.
Seamos puros en todo sentir, con ganas de vivir, con énfasis en las cosas que
realmente importan y ver las todas y cada una con amor.
El
amor es la clave de todo. Examine su vida, su interior, analice y piense qué
cosas son buenas para usted; y cuando digo analizar me refiero a todo,
inclusive en sus creencias; piense si tienen lógica para usted, si van de
acuerdo a lo que le dice su corazón, si son justas y con amor, si realmente
tienen sentido. Analice cada detalle, cada cosa que se la ha sido impuesta
tanto en su niñez como en su juventud.
Es hora de madurar y sentarse a pensar y vernos en el espejo a nosotros
mismos; no lo que nos han querido formar.
Si
al finalizar nuestro análisis de nuestra vida, lo que sentimos es bueno, ¡pues
adelante! ¡Sigamos en lo que estamos!. Pero si usted tiene dudas, entonces es
hora de investigar y no dejar ninguna en el tintero.
Haga la prueba y
se sorprenderá de los resultados. ¡Analícese!

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